Opinión

Contraesquina

Demolición

Por: Omar González García

La construcción democrática exige mesura, aptitud y visión de estado; montar sólidamente su andamiaje requiere gradualidad, no manotazos autoritarios. 

Un ejemplo puntual: el sistema representativo ideado por el Constituyente de 1917, se modificó por primera vez en 1963 al crearse los diputados de partido, entendida tal modificación como creación de un mecanismo de representación de minorías. No es sino hasta 1972 que el umbral de acceso a la cámara se disminuye y es en 1977 que se plantea, en el marco de la reforma política ideada por Jesús Reyes Heroles, la creación de un mecanismo de representación proporcional. En ese tránsito pasaron catorce años.

Conviene tener presente esa gradualidad racional ante la intentona que busca dinamitar la construcción democrática que desde 1977 se viene dando y, por supuesto, esperar que la cámara de origen del proyecto de reforma (la de diputados) rechace ese despropósito esférico del oficialismo. 

Si bien es cierto que el rechazo al proyecto de reforma puede correr por varias pistas, es necesario delimitar los campos a explorar. Me centro, a vuela pluma, en el punto que pretende desaparecer al Instituto Nacional Electoral y sustituirlo por una entelequia.

El proyecto advierte con claridad sus objetivos: “Erigir autoridades administrativas y jurisdiccionales honestas e imparciales que se mantengan fuera de la lucha por el poder”; “conformar un solo mecanismo electoral nacional (…) bajo el principio de austeridad republicana”; “elegir mediante voto secreto, directo y universal a las máximas autoridades electorales administrativas y jurisdiccionales”. 

Ya la idea de erigir supone una nueva construcción, innecesaria por lo demás. Partir del supuesto, a todas luces falaz, de construir una nueva autoridad electoral supone un tiro en el pie de su autor. ¿Qué acaso no fue con 30 millones 113 mil 483 votos emitidos y contados por ciudadanos y validados por la autoridad administrativa electoral que el promotor de la reforma alcanzó la presidencia? 

La idea del ahorro –austeridad es la palabra que se utiliza— es otro leif-motiv del proyecto. No es un asunto urgente en términos reales, es la necesidad de llevar agua al molino de la política clientelar, divisa de este gobierno: ¿Tiene alguien idea de cuánto se gasta en becas, pensiones universales y subvenciones para un universo del cuál  no hay censos fiables? 

Por eso, urge gastar más que en aquello que reditúe votos que –por lo visto en la revocación de mandato no sirvieron— que en lo sustancial. La idea de elegir por “voto secreto” a eventuales consejeros y magistrados del tribunal electoral es un despropósito gigantesco. Los vuelve, así, sin más, simples correas de transmisión de los deseos oficiales. Habrá quienes estén de fiesta por tal posibilidad y se sientan con méritos suficientes, allá ellos. 

Finalmente, una intención no expresa del proyecto  pero que se agradece fue evidenciar a autoconcebidos referentes de la opinión publicada que como Macario Schettino en un tuit y Jorge Castañeda en un artículo en nexos llaman a hacer caso omiso del proyecto: Schettino porque considera que hay temas más urgentes y Castañeda porque supone que la iniciativa nació muerta. 

El par de sofistas se equivocan. En política nada está muerto incluso si lo está, como puede ser el caso de esta reforma, arma arrojadiza en contra de la construcción democrática. 

* Consultor en derecho constitucional. 

Tw: @Pagina23Anaquel

Correo electrónico: dcconsultoriaaplicada @gmail.com

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